Tiene veintitrés años. Está en la plaza sentada en el banco cerca de las hamacas. Saca la caja de cigarrillos del bolsillo, toma uno y lo prende cubriéndolo del viento aunque no corra ni una gota. El día está despejado, el sol calienta iluminando como sabe hacer.
Mientras fuma, recuerda la libreta en su bolso, la saca y ésta y los poemas dentro son revoleados al tacho de basura, mediante un doble perfecto. Debió ser deportista, piensa.
Se levanta, va hacia una hamaca y juega. Aprovecha su resto de juventud y se propone llegar alto. Sostiene el cigarro con su ultimo milímetro de brasa para disimular el tic que tiene en la mano. Logra despegarse a dos metros del suelo pero no le gusta que la panza le haga cosquillas.
Tiene el pelo suelto, una gran sonrisa, y un muchacho de lejos, la mira.