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jueves, 28 de marzo de 2024

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Tiene veintitrés años. Está en la plaza sentada en el banco cerca de las hamacas. Saca la caja de cigarrillos del bolsillo, toma uno y lo prende cubriéndolo del viento aunque no corra ni una gota. El día está despejado, el sol calienta iluminando como sabe hacer.

Mientras fuma, recuerda la libreta en su bolso, la saca y ésta y los poemas dentro son revoleados al tacho de basura, mediante un doble perfecto. Debió ser deportista, piensa. 

Se levanta, va hacia una hamaca y juega. Aprovecha su resto de juventud y se propone llegar alto. Sostiene el cigarro con su ultimo milímetro de brasa para disimular el tic que tiene en la mano. Logra despegarse a dos metros del suelo pero no le gusta que la panza le haga cosquillas.

Tiene el pelo suelto, una gran sonrisa, y un muchacho de lejos, la mira.

martes, 12 de marzo de 2024

Cosas que pasan

 Tiraban del carro entre cuatro y no lo movían ni un centímetro. La madre de Héctor era gorda y cada vez que la tenían que llevar al médico por la diabetes era lo mismo. Entre los cuatro, uno era el mismísimo hijo y los otros eran Pedro y José,  hijos de Fermina, hermana de la gorda y el otro era Enrique, el forzudo del gimnasio de la otra cuadra. 

 La gorda Alcira era la mujer que siempre hacía rifas para la escuelita de fútbol del barrio. Había estado encargada del buffet por muchos años, casi todos desde la fundación del lugar. Dicen los viejos que cuando empezó era un escarbadientes la Alcira. Siempre pasa.

Cansados, fueron a llamar a Rigoberto  el fletero. Les quiso cobrar una fortuna el muy hijo de puta y le tuvieron que explicar que era una urgencia, que no había tiempo para rifas. Rigoberto se iba a negar pero Enrique lo atajó con un gesto.  El viejo capitalista agachó la cabeza y dijo que era un chiste. Tiró del carro con la rastrojera hasta la salita y Alcira llegó. Pero llegó muerta.