Flora mandó las nenas a dormir y puso la pava. Después de cenar y lavar los platos, ella y sus hijas se lavaban los dientes en el baño pero cuando las nenas se acostaban, ella se hacía el último mate, otra vez.
Era sábado y no tenía sueño. Los años habían pasado pero su cuerpo aún recordaba que cada sábado era para irse al baile y amanecer el domingo toda rota en el Boulevard o en Santa Clara. Las cosas habían cambiado mucho así que ahora, con el desvelo, elegía algún libro de la biblioteca heredada por una tía y se dejaba llevar.
Esta vez eligió uno negro con los bordes de las hojas doradas. Parecía una Biblia pero unos firuletes chinos en el lomo indicaban que se trataba de otra cosa.
Lo abrió.
"El viejo Sung Lo camina por un bosque lentamente como había dicho el maestro. Al llegar a un arroyo se sentó a contemplarlo.
Estuvo toda la tarde allí y al llegar la noche, se quedó dormido.
En el sueño su maestro le habló.
-Sung Lo, has hecho tu tarea del modo indicado, sigue el curso del agua para llegar a tu destino.-
Al amanecer, Sung Lo siguió las instrucciones. Tres días y tres noches caminando al norte, comiendo peces y hierbas, frutas y nueces, notando que a medida que avanzaba el arroyo era cada vez más angosto y más bajo.
Cuando estuvo completamente seco, Sung Lo partió."
Flora cerró el libro sin entenderlo, y también se fue a dormir.