Llovía y el Rubio no tenía ni campera
Se había escondido entre los palos abajo del muelle de la Bristol. Era verano pero hacía frío: Mar del Plata, no lo entenderías. Cuando a la noche al Rubio lo corrieron los guachos del centro, no se le ocurrió otro mejor lugar en donde refugiarse. Siempre le caía una gota de moco de la naríz y se la pasaba tirándole piedras a los negocios y a los autos. Sí, era él. No era de acá, había venido de San Bernardo en octubre a buscar trabajo pero se adelantó demasiado a la temporada y en dos meses pagando alquiler y comida del centro, se fue a la ruina. No consiguió otra changa que esa gilada de los cuestionarios de la peatonal en donde todos se ganan un viaje, pero sin básico, a comisión y como la gente no es pelotuda no enganchó a nadie.
Pero a la mañana, entre los palos, abajo del muelle, se encontró un celular. Lo vendió en la galería 2001 y se volvió a San Bernardo para nunca más volver.
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