Elsa reza arrodillada por los pobres de todo el mundo. Es domingo a la mañana y llueve mientras el cura canta junto al coro en la capilla. En el cuenco, al salir, las señoras ponen un billete de mil cada una. Elsa pone doscientos, sino no le alcanzará para comprar ajo.
Vuelve a su casa después de pasar por la verdulería y se pone a hacer el higado que ayer estaba en oferta. Por suerte tenía una cebolla. Le mete tres dientes a la cacerola junto con todo lo demás. Ama el hígado, tiene más gusto a carne que cualquier corte de esos caros.
Antes de comer, agacha la cabeza con sus manos juntas y le da gracias al señor porque aunque la jubilación se devaluó demasiado, todavía puede comer un rico hígado encebollado cada domingo.
Lo disfruta, lava los platos y se va a dormir una siesta.
En la siesta sueña algo que no recuerda, pero al despertar, rompe en llanto.
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