A Heráclito nunca nadie lo llamó por su nombre salvo su madre. Era una especie de maldición. En la primaria tuvo a una única maestra los tres únicos años que asistió y por algún transtorno neurológico de la señora, también lo llamaba de la otra manera, aunque se disculpaba y trataba de corregirse, volvía a cometer el error.
A eso de los veinte años nuestro protagonista estaba totalmente desahuciado, planeando irse para siempre del pueblo y cambiarse de nombre.
Lo hizo. Se fue lejos. Conoció a una bella mujer, se casó y tuvo hijos. Con Penélope fue felíz.
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